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Este tragicómico episodio de nuestra vida citadina dio margen a numerosos comentarios satíricos de la prensa, pues algunos sacerdotes pedían desde sus púlpitos, moderación en las costumbres, para evitar que “el diablo siguiera rondando la esquina del muerto”, despertando al vecindario y alarmando a inocentes niñas, señoras y señoritas nerviosas.


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